Cuerpo sano en mente sana
La famosa cita 'mens sana in corpore sano', como tantas otras cosas en esta vida, ha ido perdiendo con el tiempo su sentido original hasta ser entendida como una llamada al cuidado del cuerpo, a fin de generar una buena salud mental. Sin embargo, la cita del escritor romano Decio Junio Juvenal, se refería originalmente a un saludable equilibrio entre ambas.
Una vez calado el mensaje en nuestra sociedad a través de múltiples dignas razones y algún que otro espurio interés, el ámbito mental se ha ido quedando en un inconcebible segundo plano. Mientras que se ha centrado la atención en la parte más física hasta llegar a límites insospechados, el cuidado de la mente se ha ido banalizando y simplificando, dejando en manos de píldoras o distracciones paliativas lo que requeriría un profundo análisis y trabajo individual. El auge en esta época de los desequilibrios personales internos, demuestran sin ningún genero de duda, que ha llegado el momento de equilibrar la balanza, no solo por el bien de nuestra salud mental, sino también por la de nuestro cuerpo.
Las afecciones o alteraciones mentales no solo traen consigo problemas de carácter psicológico, sino que también, y dependiendo de la intensidad y duración en el tiempo, tiene efectos de diversa consideración en nuestra parte física. Numerosas investigaciones científicas han demostrado que el estrés crónico incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, puede causar problemas en la piel, cefaleas, dolores musculares, enfermedades gastrointestinales, inflamación crónica, envejecimiento prematuro, trastornos metabólicos, debilitamiento del sistema inmune y enfermedades autoinmunes, además, puede provocar alteraciones genéticas en las células, causando daños en el ADN.
En el caso de la depresión, uno de los trastornos más diagnosticados a nivel mundial, las afecciones físicas relacionadas con ella serían: fatiga persistente, dolor articular y muscular, cefaleas, dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño, sistema inmunológico debilitado, problemas digestivos, riesgo de hipertensión y enfermedades cardíacas y alteraciones hormonales.
Por otro lado, existen repercusiones físicas debidas al hábito de ciertas reacciones emocionales; por ejemplo, la tristeza prolongada tendría como consecuencias físicas: la fatiga, el insomnio, dolores musculares, agotamiento mental, dificultades para la concentración y problemas digestivos. El pesimismo crónico se asociaría con un mayor riesgo de padecer cardiopatías y una menor esperanza de vida. Finalmente, el odio y la conducta iracunda, debilitaría el sistema inmunológico y elevaría el riesgo de enfermedades, tanto cardiovasculares como del sistema digestivo.
Cierto es que debemos escuchar a nuestro cuerpo, observando nuestros excesos y carencias y cuidándolo debidamente con una buena alimentación, ejercicio físico, evitando los elementos tóxicos en lo posible y un descanso adecuado. Sin embargo, no es menos cierto que nuestra mente requiere algo parecido para mantenerse en buen estado: precisa de un examen de los desequilibrios internos y la búsqueda de herramientas para su compensación, necesita alimentarse con información rica en conocimientos y ejercitarse para lograr su óptimo desarrollo o mitigar su deterioro, igualmente, le es necesario aprender a gestionar las circunstancias negativas y un descanso regular para no caer en el agotamiento ni el estrés.
Corpore sano in mens sana.
