Principio de equilibrio

15.02.2026

El universo es una evolución de energías cuya manifestación física requiere de cierto equilibrio, tanto para su realización, como para su pervivencia y lo mismo sucede en la naturaleza. El equilibrio y su opuesto se revelan pues como un principio organizativo esencial, ya que, sin una disposición compensada de energías y fuerzas, no cabría existencia alguna y sin desequilibrio no sería posible la evolución. 

Nuestro mundo también es gobernado por este principio fundamental. Toda causa genera un efecto y a cada acción le corresponde una reacción que lo compensa. Una ley que también afecta a nuestro ser y que puede acabar influyéndonos de forma significativa, tanto física como psquicamente. En los dos sentidos, tenemos en el ámbito de la salud el ejemplo más evidente: un desequilibrio externo o interno en el organismo de tipo físico o mental, puede provocar enfermedades de diversa consideración.

El principio de equilibrio también podría extenderse a nuestra conducta existencial. Una atenta observación de las experiencias en la vida cotidiana, nos llevaría a observar que cuando nuestras acciones no provocan un desequilibrio excesivo, la reacciones externas que recibimos entran dentro de una normalidad en la que nos desarrollamos sin problemas. Sin embargo, una acción o una reacción extrema por nuestra parte, activa un contrapeso que, en el momento inmediato o con posterioridad, será compensada devolviendo la estabilidad a la balanza. Una suerte de respuesta kármica cotidiana que quizás pase desapercibida, pero que puede ser verdaderamente perturbadora y llevarnos a situaciones complicadas. Si somos capaces de reparar en este tipo de sucesos, descubriremos en ellos patrones de conducta o aspectos personales que nos indicarán un camino de rectificación, clave para evitar la repetición de actuaciones perjudiciales tanto para nosotros como para los que nos rodean. En un mundo social en el que ser humano comparte de forma continua experiencias y enseñanzas, también podemos ser nosotros los que en las interrelaciones, de forma consciente o inconsciente, seamos los agentes de compensación y aprendizaje para otros.

Como en el resto de la naturaleza, la mente también funciona por desequilibrios y compensaciones. La reacción intensa a un estímulo, la resolución a un problema de gran dificultad o la generación de una idea creativa, implica la formación de pensamientos que, por su intensidad, descompensará nuestra balanza interna y acabará provocando la aparición de una idea o reacción mental de índole contraria. De igual modo, existe también un cierto grado de equilibrio entre la parte consciente y la inconsciente, cuyo desbalance puede dar lugar a compensaciones en forma de conflictos internos y comportamientos anómalos. Las conductas autodestructivas, las rumiaciones, estar dominados por instintos y emociones o no atender las manifestaciones del inconsciente que advierten de cuestiones interiores no resueltas, generan una serie de desequilibrios en la mente que, dependiendo de su intensidad y cronificación,  pueden afectar de forma más o menos grave a nuestra salud física.

En el ámbito espiritual, los desequilibrios existentes en nuestro interior u originados por factores externos, se interpretan como expresiones de aspectos personales descompensados que debemos tratar, a fin de desarrollar mayores niveles de consciencia y de entendimiento de las distintas dimensiones de la realidad. Por otro lado, y de forma similar a lo que ocurre con los obstáculos que se nos van presentando en la vida, la observación de dichos desequilibrios nos brinda la oportunidad de descubrir carencias o excesos personales y hallar la manera de balancearlos. Desde la perspectiva espiritual, el alma, como nuestra esencia más profunda, sería la causa de la manifestación de los desequilibrios a modo de señal, advirtiéndonos de la necesidad de un reajuste personal orientado a nuestra realización.

El flujo del mundo en el que vivimos y nuestras propias peculiaridades, hacen complicado el sostenimiento en el tiempo del equilibrio interno. Una de las claves consiste en realizar un trabajo de autoconocimiento, desarrollando la templanza interior necesaria para conseguir una oscilación limitada, un balanceo alejado de excesos que eviten reacciones extremas en sentido opuesto, y que logren calmar nuestros impulsos, eludiendo la caída en bucles o espirales reactivas dañinas. Mantener nuestra energía mental adecuadamente balanceada, nos permitirá observar la realidad con una mayor profundidad y aprender a interaccionar con ella inteligentemente.