Funciones del mal

23.10.2026

Cualquier elemento de una entidad existente tiene una función determinada ya sea en el ámbito material, o en el plano psíquico. Lo natural es que cuando cualquier elemento deja de tener su función, este deje de existir. En el caso de que el elemento pierda su función pero siga existiendo, entonces puede convertirse en una fuente de conflictos, un obstáculo para otros elementos y también para el equilibrio de la entidad en cuestión.

Los desequilibrios internos son un ejemplo de cómo algunas energías psíquicas son ignoradas o usadas de forma inadecuada, provocando el conflicto al rechazar las funciones de su propia realidad. Un ejemplo básico de ello es la negación del mal y el fútil intento de erradicarlo absolutamente de nuestra existencia, en lugar de aceptar su realidad y usarlo como herramienta otorgándole alguna de las funcionalidades que posee. 

La negación y represión mental de un elemento o de una energía psíquica que compone la realidad, provoca una serie de desequilibrios que acrecientan su potencia y manifestación, el mero hecho de negarlo termina irremediablemente por reforzarlo, llegando a alcanzar incluso estados de obsesión.

La energía del mal o la parte más oscura surgida en nosotros a través de reacciones externas o del pensamiento interno, puede expresarse de diversos modos:

Como una respuesta de los instintos primitivos y los sentimientos asociados ellos, que nos alertan de algún tipo de peligro. En este caso, el mal es la reacción a un hecho externo interpretado como amenaza. A través de la información que nos facilita esa parte oscura, podremos utilizar la racionalidad para reconducir nuestra respuesta de forma que no cause conflicto alguno.

El mal como pensamiento oscuro surgido en nuestro interior que expresa o libera algún tipo de experiencia traumática, nos permite descubrir los elementos de conflicto que existen en nuestro interior, nos aporta información sobre sus causas y nos abre la puerta a encontrar soluciones.

En la dimensión espiritual, la oscuridad que se manifiesta en nosotros internamente en forma de pensamiento o reacción, pasa por ser un procesos de aprendizaje evolutivo propio de nuestra alma. Los resortes intuitivos y las percepciones internas sirven para advertirnos de nuestras debilidades, unas debilidades a través de las que el mal se expresa, momento en que podemos transformar esa oscuridad en un instrumento capaz de revelar la parte que debemos resolver para nuestro propio desarrollo y realización.

La energía del mal es un elemento real que se presenta tanto en nuestro interior como en nuestro entorno de forma natural, ignorarlo o intentar eliminarlo no son fórmulas realistas, lo verdaderamente interesante es aprender a trabajar los recursos que nos ofrece, canalizando ese mal hacia un instrumento de información para el descubrimiento de desequilibrios, conflictos y debilidades interiores o usar su energía para protegernos, limitándonos o limitando el exterior. Instrumentalizar al mal o a nuestras partes oscuras nos fortalece, nos hace más resilientes ante las adversidades y aumenta nuestro nivel de consciencia.